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harold alvarado tenorio, colombia

Harold Alvarado Tenorio

Colombia

Un gran sabio

 Hace treinta años recibí una llamada de Magnus Mor­ner. Me dijo que una fundación sueca necesitaba a alguien que hablase portugués y conociera sobre clasificación de materiales bibliográficos. Había que ir hasta la frontera norte de Brasil y evaluar la biblioteca que ofrecía el sabio local. Magnus ofreció pagar unas tres mil coronas más los gastos de viaje, alimenta ción y hospedaje. Acepté.

Al llegar a Tabatinga  supimos que varias semanas atrás el sabio había abandonado el puerto para ir a vivir a Leticia, de donde era oriundo, luego que el gobierno colombiano le concediera un indulto político con el cual puso término a su exilio de casi una década. La casa del erudito era una vetusta construcción de mediados de siglo, toda en cedro  y ladrillo limpio, levantada por un siringalero norteame­ricano. Aún podían verse los colores originales de los te­chos y las cenefas, azules intensos y rutilantes amarillos. Las puertas parecían preciosas, con incrustaciones de otras finas maderas y con unas pequeñas tallas de cabezas de lobos y una profusión de diablillos, tallados por un arte­sano de la colonia penal del Araracuara.

En el centro del salón estaba el facistol. Sobre él un alto libro abierto, con un grabado del dueño de casa. El índi­ce de la masonería estaba cruzado con una cinta negra y gualda y recostado al atril un bastón con mango de marfil. Apenas unas cuantas sillas bajas de madera ocupaban la sala. No había cuadros ni nada en las paredes. Sólo el inmenso facistol donde Ign acio Chávez aparecía en traje de calle con los distintivos del masón nudo treinta y seis.

Cuando al fin de la prolongada espera apareció, Ignacio Chávez venía vestido de traje negro con sombrero de copa y con un sobretodo de piel de jaguar. Se veía imponente y gigantesco en sus 190 kilos de peso y su opaca palidez, que lo asemejaba a una aparición. El Doctor, como le diji­mos durante todo el tiempo de la visita, procedió a mostrar sus colecciones. Primer o la hemeroteca, con ediciones com­pletas de Leoplan, Billiken, Vanidades, Ideas y valores, Bohe­mia, O Cruzeiro, Selecciones, Ecrán, Mecánica Popular y Luz. La mayoría de estas colecciones estaban forradas en cuero de cabra y por ellas pedía un fortuna. Luego visitamos la sección de libros de sociología con más de mil quinientos títulos sobre la raza aria, impresos en Paraguay durante los años de entreguerras, profusamente ilustrados con fotos de jóvenes de raza blanca en posturas deportivas. Ignacio Chávez  sostuvo que esa sección de su biblioteca “era la más valiosa pues permitía comprender el naufragio étnico de las razas americanas”.

Por último vimos la Sala de la Novela, con mayúsculas, como él la llamaba. Eran unas ocho mil, empastadas en papel con letras doradas, clasificadas según sus temas: mís­ticas, de aventuras, picarescas, de caza, de navegación fluvial y marítima, de haciendas de clima frío, de amores de otoño y primavera, de clima caliente y mediterráneo, donde se incluían la mayoría de las europeas del siglo XIX. Esa última sala, que ocupaba una biblioteca de media pared alrededor del recinto, estaba decorada con cientos de fotos de una mis­ma dama, joven y blanca ella, en diver­sas posturas de ama­zona, vestida unas veces de paisana y la mayoría como ecues­tre a la usanza inglesa. Eran fotos grandes, enmarcadas en dorado con dibujos de ofidios. Según explicó el propietario, se trataba de doña Marcelina Bitember, su primera esposa.

Para el día siguiente fuimos invitados a una de las conferencias que Ignacio Chávez ofrecía en el Instituto de Ciencias Humanas de Tabatinga. A eso de la una y media el director del ICHT recibió al maestro en la puerta del claustro y fuimos tras él. El salón era una especie de maloca, de techo pajizo y sin puertas, con un inmenso escritorio, otra no menos inmensa silla y una serie de bancas de iglesia frente a estos. Allí estaban sentados unos cien estudiantes, la mayoría de ellos naturales y mestizos, con una cartilla de diplomacia redactada por el Barón de Ouro Preto, libro que se usaba entonces para ese tipo de cursos.

El leticiense inició su puesta en escena explicando cómo se desenvolvían las reuniones convocadas anualmente por la realeza inglesa para agasajar a los diplomáticos extran­jeros. La recepción se hacía dos semanas después del cumpleaños de su Majestad y tenía como lugar el Palacio de Northumbria al este de Londres. Ignacio Chávez, sin qui­tarse el abrigo ni el so mbrero fue anunciando, en orden alfabético, uno a uno los representantes del mundo ante la Corona, hasta que llegó a Colombia y se anunció a sí mismo, procediendo a sacarse el abrigo y quedar literal­mente vestido de embajador, con un sacoleva impresio­nante por lo viejo y lo acabado. A estas alturas de la pre­sentación la gota gorda del sudor le rodaba entre la pajarita y la corbata a rayas.

Ignacio Chávez se inclinó ante su Graciosa Majestad para besar su mano y luego extendió la suya para saludar al Príncipe Consorte y los demás miembros de la Casa Real. Como tuviese que congraciarse con más de cin­cuenta dignatarios de la Foreing Office, casi de rodillas llegó hasta el salón contiguo donde se ofrecería el brindis proto­colario. Cuál no ser ía nuestro asombro al ver que metía la mano derecha entre uno de los bolsillos de su ampuloso pantalón negro y sacaba una vieja y sucia copa de champaña con la cual comenzó a brindar con todas aquellas gentes de mundo que iba describiendo. A un lado estaban Segis­mundo de Dinamarca, Egista de Grecia, Tuta de Egipto, Marlene de Uruguay, el padre de Rainero de Mónaco, el presidente de Francia, Gloria de la Santa Fe y más allá, entre una abandonada hilera de tilos, la Condesa Braschie , los Samurais de Japón y Hong Kong, el Bebé del Nevado y Príncipe de los Palacios de Justicia de Nínive y Java, el condestable Moon y Cuervo, etc. etc.

Dos horas duró esta inclasificable y húmeda conferencia internacional en medio de la selva, la gritería  de los monos, el ruido de los aserraderos y el extenuante calor de la tarde. Al final y como si nada hubiese sucedido, Ignacio Chávez volvió a colocarse su abrigo, montó en su coche de mulas y saltó a la canoa que lo llevó a Leticia.

Años más tarde supe que Morner desestimó la compra de la biblioteca del maestro, que fue “deshuesada” por sus herederos y vendida a dos universidades nortea­mericanas especializadas en estudios de las mentalidades, junto a las medallas de Isabel la Católica, Juana la Loca, Felipe el Hermoso y Luis IV el Tartamudo, que había recibido durante su larga vida alicorada y pendenciera.

Por lobitogabriel - 26 de Abril, 2006, 8:42, Categoría: cuento
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